Religión y educación: El “BOE” ofende

Las ideas que se publicitarán en las escuelas van contra muchos ciudadanos

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Artículo de opinión de José Manuel Sánchez Ron,  miembro de la Real Academia Española  desde 2003  y catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid, publicado en “El País”  el 28 de marzo.

Somos polvo de estrellas; los elementos más pesados que forman parte de nuestro cuerpo (como el oxígeno, el carbono, el fósforo, el calcio o el hierro) se cocinaron en el interior de estrellas, que luego, al estallar, desparramaron por el universo lo que en nuestro planeta sería caldo de cultivo de toda la vida terrestre. Aunque subsisten aún importantes incógnitas, es posible reconstruir las líneas generales de los procesos que condujeron a que surgiese la vida en la Tierra, incluyendo nuestra especie, Homo sapiens.Todavía se nos resisten explicaciones a numerosos fenómenos, pero no es arriesgado aventurar que seremos capaces de dar con ellas. Sin embargo, debemos aceptar que parecen existir límites al conocimiento científico, el principal, si no el único, explicar por qué existe el universo y por qué las leyes científicas que descubrimos tienen la forma que tienen. Pero emparentados como estamos con toda la vida que existe en la Tierra, y sabiendo de los límites de “comprensión” de otras especies, no deberían sorprendernos los de nuestra mente.

La ciencia consiste en investigar los fenómenos que se dan en la naturaleza y establecer para ellos sistemas con capacidad predictiva. No siempre los puntos de partida de esos sistemas resultan comprensibles a nuestros cerebros (la física cuántica es pródiga en ejemplos en este sentido), pero nuestra grandeza es que somos capaces de identificarlos. Muy diferente es lo que sucede con la religión, que para subsanar el problema de cuál es el origen del universo introducen una causa, un Dios, cuya propia causa no se plantean explicar. Sé bien que existen y han existido magníficos científicos creyentes. “Fe y ciencia son compatibles”, se oye con frecuencia. No nos confundamos, ni demos de esta manera a la religión un estatus comparable al de la ciencia, pues ambas responden a principios muy diferentes: una se basa en aceptar creencias que jamás han sido demostradas, mientras que la otra rechaza aquello que no se puede comprobar-refutar. El que, no obstante, puedan aparecer ambas en un mismo individuo no es sino muestra de que el cerebro humano es capaz de tolerar experiencias muy diferentes.

No es difícil, por supuesto, comprender a aquellos que aceptan credos religiosos. El temor, la angustia ante lo desconocido, a una muerte sin futuro, el ansia de encontrar cobijo en creencias esperanzadoras (algunas acompañadas de valores éticos admirables), y el calor de la compañía de otros que nos reafirman en esas creencias, en esa fe, es comprensible y, en ese sentido. respetable. No importa que se originasen en un pasado más ignorante de la humanidad.

Pero el respeto que acabo de mencionar desaparece cuando los que no participamos de tales creencias no somos respetados. Y esto es lo que, en mi opinión, sucedió en el Boletín Oficial del Estado (BOE) del 24 de febrero de 2015, con la publicación de una resolución relativa a los currículos de la enseñanza de la Religión Católica en la Educación Primaria y la Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato. No me refiero a los contenidos concretos de los programas de esas asignaturas, que no comparto, ni al hecho de que se permita en la escuela pública de un Estado laico el adoctrinamiento en favor de una serie de creencias, algunas de las cuales pueden plantear en el futuro a los alumnos problemas de coherencia —y por tanto frustración— con resultados científicos establecidos. La existencia de esas enseñanzas se acoge al Concordato firmado en 1979 entre el Estado español y el del Vaticano, y por tanto es legal. No debe sorprender que un Gobierno del Partido Popular permita estas resoluciones; lo que sí debe sorprender es que el PSOE no impugnase el Concordato cuando gobernaba (un diputado socialista, Mario Bedera, manifestó hace poco que a pesar de tener claro lo que la militancia de su partido pensaba al respecto, le pudo más “la lealtad institucional” cuando eran Gobierno; habría que recordar a nuestros representantes políticos aquella sentencia latina que dice Amicus Plato sed magis amica”, esto es, “Platón es mi amigo, pero la verdad me es más querida”).

Cuando hablo de falta de respecto, a lo que me refiero es a los contenidos del Anexo I que acompaña a esas resoluciones. Cito algunos pasajes de él: “Si la persona no se queda en el primer impacto o simplemente constatación de su existencia, tiene que reconocer que las cosas, los animales y el ser humano no se dan el ser a sí mismos. Luego Otro los hace ser, los llama a la vida y se la mantiene. Por ello, la realidad en cuanto tal es signo de Dios, habla de Su existencia”; “el ser humano pretende apropiarse del don de Dios prescindiendo de Él. En esto consiste el pecado. Este rechazo de Dios tiene como consecuencia en el ser humano la imposibilidad de ser feliz”.

opinionTengo entendido que existen normas que justifican que se publiquen estos fundamentos que acompañan a los programas de las asignaturas de Religión ahora presentadas. Tales normas deberían modificarse. El BOE es una publicación oficial que debe ser respetuosa con todos los españoles, sean cuales sean sus creencias (siempre que se atengan a las leyes vigentes), y no debe utilizarse para hacer publicidad de manifestaciones que puedan ofender a otros (todo el citado anexo es un dogmático texto publicitario de las opiniones de la Conferencia Episcopal Española). Cuando, por ejemplo, se afirma que el “rechazo de Dios tiene como consecuencia en el ser humano la imposibilidad de ser feliz”, a mí —y estoy seguro que a muchos otros— se me está ofendiendo, al sostenerse que no puedo llegar a ser realmente feliz al margen de la religión (católica). Reclamo, con orgullo, mi dignidad de persona que trata de comportarse éticamente, ser compasivo y justo, sin necesidad de esperar la aprobación y el premio de un Padre Celestial. Si se mantiene, como si fueran axiomas ineludibles, que “la realidad de las cosas y los seres vivientes” imponen la existencia de un Dios, “que ha creado al ser humano para que sea feliz en relación a Él”, se está ofendiendo a mis creencias (y a mi inteligencia). No objeto, repito, a que otros crean lo que yo rechazo, pero exijo que no se utilicen instrumentos públicos como medio para publicitar ideas que no comparten y que pueden resultar ofensivas a muchos españoles.

Como bien saben quienes reclaman el derecho que les otorga el vigente Concordato, lo que está en juego es importante. Recordemos algo que dijo en su autobiografía Charles Darwin, el científico que recorrió un largo y doloroso camino para desprenderse de las creencias religiosas de su infancia y juventud: “No debemos pasar por alto la probabilidad de que la introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de los niños produzca ese efecto tan fuerte, y tal vez, heredado en su cerebro cuando todavía no está plenamente desarrollado, de modo que deshacerse de su creencia en Dios les resultaría tan difícil como para un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes”. De lo que se trata, en otras palabras, es de ganar el futuro.

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