Verano 2015: de la tradición religiosa a la laicidad, un largo camino por recorrer

DE AYUNTAMIENTOS Y VÍRGENES

Misa de Begoña en Gijón, con presencia de la alcaldesa y algunos concejales

15 de agosto 2015: misa de Begoña en Gijón, con presencia de la alcaldesa, (primera por la izquierda), y algunos concejales

El verano viene a ser uno de los marcos más propicios para que las mil y una Vírgenes de la geografía española desplieguen sus mejores galas y reciban los correspondientes homenajes, en su calidad de patronas de otras tantas localidades españolas, tanto  de sus fieles como de las instituciones.

La llegada de nuevas corporaciones, es verdad,  ha traído un soplo de aire fresco y unas posturas claras en la separación de la Iglesia y del Estado: Madrid, Santiago de Compostela, Barcelona, Oviedo, Valencia, Zaragoza, Valladolid o Cádiz  han sido algunos de los Ayuntamientos que han dado muestras de aconfesionalidad y laicidad no participando institucionalmente en actos religiosos.

Pero si quisiéramos recoger los casos en que las instituciones, ya sean Ayuntamientos gobernados por la derecha o por la izquierda, que, en “aras de una supuesta tradición”, mantienen su presencia institucional en los actos religiosos de sus fiestas patronales, la lista sería interminable. (Europa Laica, recoge en  su  “Observatorio del Laicismo” muchos de estos ejemplos, entre los que Gijón no es una excepción: mientras Xixón sí Puede, IU y PSOE se abstienen de participar, la alcaldesa de FORO lo hace junto a concejales de su partido y del PP).

Precisamente sobre esta “tradición religiosa”, aval de tanta presencia institucional,  escribía Víctor Moreno en nuevatribuna.es, el artículo que reproducimos:

Tradiciones religiosas y laicidad ¿De qué tradición estamos hablando?

La mayoría de los alcaldes que asisten a actos religiosos dicen que lo hacen, no porque sean creyentes en primera instancia, sino por fidelidad a una tradición local, regional o nacional. Si no lo hicieran, sus paisanos los catalogarían como bichos raros. Lo curioso es que algunos de estos alcaldes que asisten a estas procesiones no se les conocía semejante afición cuando eran, sin más, ciudadanos de a pie, sin cargo político público. Ahora con el cargo al hombro parece que se les ha despertado su genotipo tradicionalista.

Desgraciadamente, el fenómeno se extiende como una plaga en la hornada política. Y da lo mismo que los alcaldes sean de derecha que de izquierda. A muchos de ellos se les llena la glotis con la palabra tradición. Les va su marcha, valga la paradoja. Lo más curioso es que, si por lógica, los calificamos como tradicionalistas, replicarán que no nos pasemos, que una cosa es amar la tradición de su pueblo y otra ser tradicionalista y de las Jons. Y, por esta vez y sin que sirva de precedente, habrá que darles la razón, aunque en la práctica concreta actúen en estos asuntos como si lo fueran.

Tanta unanimidad conmueve. ¡Ni que la clase política hubiera hecho una convención para ponerse de acuerdo y decir lo mismo! Eso sí, más allá de este simple acto de habla no encontraremos más aportación que la apelación justificativa del clásico “es la tradición, ¿no?”. Ni siquiera reparan en el obsceno hecho de pensar lo mismo que sus oponentes cuando eso lo tienen prohibido por los estatutos del partido. Extraña actitud, pues los políticos como mejor se definen es afirmando lo contrario que sus adversarios. No es normal que cierta izquierda y la derecha defiendan la tradición y se rebelen al unísono creyente contra quienes pretenden, dicen, quitarles el santo y su procesión.

Como mínimo diría que se trata de una unanimidad acrítica. Apelar a la tradición parece un argumento honorable, toda vez que con ello se celebra la memoria de nuestros antepasados, pero si no se va más allá de esta emocional razón… significa que no se ha superado el umbral del impresionismo.

Las tradiciones no son inocentes, ni neutras. Son formas culturales que reflejan el comportamiento colectivo de una sociedad tanto si son del pasado como del presente. Y la cultura tiene siempre un aspecto creativo, pero, también, regulativo, normativo y prescriptivo. No todo en ella es longaniza. Recordemos las veces que se ha relacionado cultura con la palabra barbarie. En efecto. No todas las tradiciones han sido positivas para el desarrollo de las colectividades y, mucho menos, para la emancipación del individuo. La fuerza coercitiva de los poderes locales, civil y eclesiástico, jamás ha permitido el libre desarrollo y autónomo del sujeto. Si algo perturbador tiene la tradición del pasado –sobre todo religiosa- es su obsesión por arrasar al disidente, al llamado hereje, sambenito que bastaba para llevar a uno a la hoguera.

Que no todas las tradiciones han sido oro molido lo revelaría el hecho incuestionable de que muchas desaparecieron, porque en ellas el respeto a la diferencia y a dignidad humana dejaban mucho que desear Ha habido tradiciones y costumbres que han sido un insulto a la racionalidad más elemental. Hacerlas desaparecer ha costado miles de años y, desgraciadamente, millones de muertos. Y se trataba de unas tradiciones consideradas la mar de honorables. No en vano su calidad venía garantizaba por la autoridad del crucifijo y, por si este fallaba, aparecía el argumento incontestable de la espada y del potro de tortura. Digámoslo ahora que podemos: en este país, rara será la tradición cuyo origen y desarrollo no haya dependido del férreo nihil obstat de la autoridad eclesiástica. Muchas tradiciones que actualmente se festejan tienen una genealogía poco compatible con el pluralismo y la libertad.

La gente que asiste a una procesión piensa que no hace mal a nadie, pues se limita a manifestar públicamente su fe en la virgen del Pilar y en san Fermín. Esa misma reflexión debería acompañarles cuando en la vía pública se manifiesta otra gente defendiendo ideas y planteamientos nada acordes con los planes inexistentes de Dios, ordenados e inventados por la obispada de turno.

Pero el acto de asistir a una procesión, sea laica o religiosa, no es inocuo. Lo saben hasta quienes se las dan de ingenuos. Menos inocente lo será si tal acto lo protagoniza un cargo público. La ideología que contiene una procesión, una romería, una ofrenda, un rosario y viacrucis públicos, es teología de catecismo concentrada. Teología del fetiche y de una imaginería casi siempre medieval o de la época de Chindasvinto. No es de extrañar. La parafernalia ritual eclesiástica huele a incienso viejo y revenido.

Se dice que estas manifestaciones religiosas se asientan en la tradición. Especifiquemos: en una determinada tradición. No otra. Una tradición que rezuma religión por todos los lados. No en vano, la religión ha sido el elemento fundamental utilizado para cohesionar, eufemismo de someter, a la propia sociedad. No existía acto de cierta transcendencia, aunque fuera de naturaleza civil, que no estuviera presidido por una imagen religiosa, una cruz y la presencia del hisopo. Todo debía pasar por la mirada omnipresente del ojo eclesiástico.

La tradición que postulan estos alcaldes es una tradición que ha sido un oprobio, una negación absoluta de la libertad de conciencia, de la libertad de pensamiento y de la misma liberta religiosa. Pues la base de su fe era totalitaria. Esta tradición, humus nutricio de las que actualmente existen y son reclamadas por acríticos alcaldes, hunde sus raíces en el más grasiento oscurantismo de la tradición católica. Una tradición que se consideraba representante exclusivo y excluyente de la marca Dios. La tradición religiosa que defienden estos alcaldes se remonta a una tradición en la que no había más espectáculo público que la adoración a un Dios secuestrado por la Jerarquía Eclesiástica. De hecho, su funcionamiento y su finalidad avasalladora confesional siguen como en la época del nacionalcatolicismo.

Pero ya ven, aun tratándose de una tradición indigesta, defiendo que procesiones, romerías, ofrendas y rosarios se manifiesten en la vía pública. Pues entiendo que las personas tienen derecho a proclamar públicamente sus creencias, sus obsesiones y sus fetiches particulares. Y con igual rotundidad sostengo que dichas manifestaciones y procesiones deberán convocarlas y organizarlas únicamente las iglesias locales, sometiéndose su petición al permiso del poder civil.

Los ayuntamientos deberán mantenerse alejados de su contacto y no permitirán que dicha materia forme parte de sus programas de fiestas. Ni misas, ni procesiones. Nada que recuerde a esa tradición religiosa que hemos descrito debe formar parte de su nomenclátor y protocolaria actuación.

Si los alcaldes quieren contribuir a la permanencia de una tradición, que hace tiempo debería haber desaparecido, háganlo en nombre propio, a título individual. Nunca como alcaldes y en nombre de los demás. Jamás con la pretensión ridícula de representar a todas la sociedad. Si hay un ámbito en el que no la representan ese es, precisamente, el ámbito plural de las creencias confesionales de la sociedad. La parte nunca representa el todo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: