María (no virgen), José (no padre) y Jesús (no resucitado). Una familia corriente y moliente

(A la memoria de Jesús de Nazaret, o sea el hombre)
Frontal del altar de Avià. Museo Nacional de Arte de Cataluña

Frontal del altar de Avià. Museo Nacional de Arte de Cataluña

 

Artículo de Eduardo García Morán, (licenciado en Historia y en Periodismo, y doctorando de Filosofía, once años vinculado a la Fundación Gustavo Bueno, en cuya revista digital, El Catoblepas, escribió ensayos, aplicando, en todo o en parte, el sistema buenista, el Materialismo Filosófico, autor de el libro Ideas para el inicio del milenio, en la Editorial Pentalfa), publicado hoy en Asturias24

ARTÍCULO:

Las SS

Es hasta ridículamente ocioso hablar de lo que voy a hablar porque los oídos no oyen, los ojos no ven y la acefalia es un modo de ser. Pero como creo sinceramente, sin burla premeditada, tampoco alocada ni furibunda, que las Semanas Santas (SS, en adelante) son tiempos de representación de una tragedia familiar (mística y política por añadidura) ocurrida hace 1987 años –en el supuesto de que Cristo hubiese nacido cuatro años antes del nacimiento de Jesús y ajusticiado a los treinta y tres—  y que, sin embargo, es decir, a pesar de ser un drama descomunal, es tratada con los atributos del esperpento, de riguroso cumplimiento en las solemnes ceremonias que el catolicismo monta para seducir, sin ausencia de erotismo, y como esta columna se publica precisamente hoy, Domingo de Resurrección, me desvinculo de la ociosidad solo para (tratar de) alborear algunos hechos confusos que rodean al martirizado y a sus padres. El más fascinante, que es transcendental para el credo que escenifica las SS y antropológicamente cabalístico de los hechos que he de abordar, es el de la Resurrección, y lo haré para negarla en seco porque es apodícticamente inválida en la opción segunda de una proposición aristotélica. Mejor: el regreso a la vida del muerto existió en el trance metafísico de una o unos pocos (lo veremos en el siguiente apartado), en la credulidad de unos pocos más y en la tramoya provechosa de unos muchísimos más y más, y más empecinados.

Amparándose en la mala fe de estos “muchísimos más y más”, las SS españolas son el súmmum de la apoteosis, en ajustada correspondencia al altísimo integrismo de los seguidores del Mesías, año a año más íntegros en su convicción de que el subrepticio espíritu que les anida, santo de todas todas, les protegerá de los enemigos, a los que acabarán derrotando en las llanuras de Armagedón.

En sintonía de notas y piruetas, la fachería ovetense (¡bienvenidos, Resurgir Juvenil!) se ha tomado este dogma de la victoria final del Bien sobre el Mal al pie de la letra y esta semana se ha apoderado del Cristo sufriente para hacer la contrarrevolución político-social, y cavilosa y acusadamente ideológica, que devuelva a esta ciudad a los tiempos del hacendado e histriónico patriarca De Lorenzo, que dio señales, interpreto yo seguramente equivocado, de haber escuchado abobado la voz bronca de Yahvé ordenándole limpiar su ciudad del rojerío ateo. Situando esta SS al lado de la que han vivido en Valladolid, la depresión postparto corroe. Los vallisoletanos sí que la han disfrutado, porque qué emoción, Dios mío, cuando escenificaron el encuentro entre Cristo y María; qué emoción ver a dos figuritas de cartón-piedra (o de lo que sea, y del valor artístico que sea) ser elevadas por hombres de pelo en pecho y juntadas en un abrazo, como una niña cuando, sosteniendo una muñeca de trapo (o de lo que sea) en cada mano, las une amorosamente –sexualmente, diría el pérfido Freud–. Adultos jugando a los muñequitos, haciendo que se entrelacen, que se besen. “En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos les regañaban. Jesús dijo: ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el Reino de los Cielos’. Les impuso las manos y se marchó de allí” (Marcos 19, 13-15). Hoy Jesús se abstendría de decirlo: pederasta. Rozas sin desearlo las nalgas de un niño (a) y te encierran como al nazareno y te ejecutan de por vida. Los menores son intocables, cicuta socrática. Solo ellos pueden tocarse entre sí, y alcoholizarse, y agarrar por las pelotas (retórica) a los adultos.

Resurrección

resurreccción

Desechando la metafísica esotérica anterior, desempolvo los Evangelios canónicos del Nuevo Testamento –-los apócrifos fueron convenientemente estigmatizados–, los que dan cuenta del milagro de los milagros, y para espantoso espasmo me tropiezo con un Mateo, el segundo evangelista en orden cronológico (no antes de año 80 d.C.), pero el más caropara la Curia, destrozando, naturalmente a su pesar, la Resurrección. Escribe este Mateo: “Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró (…), la tierra tembló y se hendieron las rocas; se abrieron los monumentos [tumbas], y muchos cuerpos de santos que dormían, resucitaron” (Mateo 27, 50-54). Sabiendo por la Biblia que la resurrección de los muertos solo se producirá tras la de Cristo, ¿cómo es que los santos resucitaron antes que Él? La Madre Iglesia ha capeado el aguacero diciendo que el texto es de difícil interpretación y que solo aparece en Mateo (Ajá, patrono de Oviedo…). Mateo no es el autor de estas palabras, ni siquiera es él mismo. Su Evangelio fue redactado por varios autores, y él no es otro que Leví, hijo de Alfeo, y posible hermano de Santiago, el de Alfeo, el apóstol. También es inútil el esfuerzo de la Iglesia por fechar este escrito a mediados de ese siglo primero, puesto que relata la destrucción del Templo de Jerusalén por Tito, datada sin lugar a dudas en el año 70. Ese Viernes Santo Jerusalén debió ser la ciudad de los muertos vivientes con tanto resucitado.

De otro lado, lamentablemente para los embaucados y para los embaucadores, una lectura comparativa de los cuatro evangelios acerca de la Resurrección des-monta el montaje. Los cuatro coinciden en que el cadáver de Jesús fue a parar a la tumba en roca del adinerado José de Arimatea, denominada “monumento”. Hay detallitos en este acto de generosidad del de Arimatea nada banales en los que difieren, pero acortaré e iré a lo que vapulea sin compasión el entendimiento más rústico. Veamos:

A) Evangelio de Marcos. Es el primero en el tiempo (entre el 65 y el 75 d.C.) y el segundo, después del de Mateo, dentro del canon eclesiástico. Fue, no obstante, censurado en su final sin que se sepa el porqué, añadiéndose otro hacia el año 80, a su vez  retocado todo él mucho después, que es la versión con la que nos tenemos que contentar. Al igual que en el de Mateo, pudieron ser varios los autores de este Evangelio. En todo caso, Marcos, que no coincidió con Jesús, fue intérprete de griego del Pedro predicador. Bien. En Marcos, al amanecer del domingo tres mujeres, María de Magdala (Magdalena), María de Betania (la de Santiago) y Salomé (tía de Jesús por ser hermana de María, según el Evangelio de Juan, e identificada en algún versículo neotestamentario con María de Cleofás), se acercaron a la cueva sepulcral y vieron que la pesada piedra que cerraba la entrada había sido desplazada y en su interior se encontraba un joven y bello ángel que les dijo que Jesús estaba en Galilea.

B) Evangelio de Mateo (se le fecha, como el de Lucas, en torno al año 80). Mateo borra a Salomé de la visita al monumento, y las dos Marías son sorprendidas por un terremoto (otro más: recuerden que el viernes anterior se produjo el que propició el exhibicionismo de los zombis) y, como un relámpago, apareció un ángel –Marcos dejó bien claro que las esperaba sentado en el interior–,  y les dijo: “No temáis vosotras, pues sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí; ha resucitado, según lo había dicho” (Mateo 28, 1-6). Nada más, no les habló del paradero del crucificado, una grandísima decepción para dos de las mujeres que más amaban a su Pastor. Menuda putada.

C) Evangelio de Lucas. Lucas, mesurado como Marcos, en las antípodas del exaltado Mateo (hoy sería un ultra del Real Oviedo), nació en Alejandría y conoció a Pablo, se convirtió y predicó. Pablo lo llama “médico amado” y “colaborador”. Lucas dedica este tercer Evangelio y su otro escrito,  los Hechos de los Apóstoles, a un tal Teófilo (“amigo de Dios”). Lucas coincide con Marcos en que no hay terremoto (los terremotos son cosa de Mateo), pero a diferencia de Marcos y en línea con Mateo, Salomé no está, aunque añade a las Marías a Juana, esposa de Cusa, el administrador de Herodes, que no es moco de pavo para que Marcos y Mateo la ninguneen (¿se cabreó el esposo?). Las tres mujeres encuentran la cueva abierta (fue innecesario el terremoto, los relámpagos y los soldados romanos que la custodiaban desmayados; ay, ay, Mateo, Mateo, que se te ve el plumero) y, en su interior, no hay cadáver, sino dos bellos jóvenes angelicales (se han multiplicado por dos). Estos dijeron a las mujeres, que agacharon la cabeza sobrecogidas: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí; ha resucitado” (Lucas 24, 1-12). Y en Lucas 24, 13-15, las mujeres y los apóstoles, que no las habían creído, se encontraron con Jesús en Emús, no tuvieron necesidad de ir a Galilea (Marcos), que es recorrer a pie o en burro una distancia considerable, más o menos la que separa Gijón y León, mientras que ir de Jerusalén a Emús, un paseo desde, digamos, Laviana a El Entrego.

D)Evangelio de Juan. El apóstol Juan, “el amado de Jesús”, el hijo de Zebedeo, y siento en el alma decirlo, créanme, porfa, no es el autor del cuarto y último Evangelio, que es lo que se sigue manteniendo. Juan era bastante violento (incluso Jesús tildó de “tempestuosos” a él y a su hermano Santiago) y un pescador sin letras, impensable que pudiera salir de una pluma que no tenía el más bello de los relatos del Nuevo Testamento. Por si no fuera suficiente, el estilo literario es griego, en modo alguno judío, y se fecha en la primera década del siglo II. Pues bien, ¡sorpresa, sorpresa!: Las mujeres que van ese domingo a la sepultura desaparecen, a excepción de María Magdalena. Ella es la única testigo de que el cuerpo amortajado de Jesús no se halla donde debía. “Corrió [la Magdalena] y vino a Simón Pedro y a otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo: ‘Han tomado al Señor del monumento [la cueva] y no sabemos dónde le han puesto [o sea, también missing]” (Juan 20, 1-18). Los dos discípulos verificaron las palabras de María y se fueron. María se quedó sola, llorando ante el sepulcro, y, repentinamente, vio a dos ángeles deslumbrantes (caramba, todo deslumbra, ciega, todo es obnubilación), que le preguntaron: “¿Por qué lloras, mujer? Ella les dijo: ‘Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto’. Diciendo esto, se volvió para atrás [María Magdalena] y vio a Jesús que estaba allí; pero no conoció que fuese Jesús” (Juan 20, 1-18). ¡Oh, no, maldita sea! ¿Cómo es posible que María no haya reconocido a Jesús? ¿Tanto cambió en el viaje de vuelta? ¿Por qué Jesús no le dijo “eh, María, soy Yo, ven aquí, tonta, y dame un abrazo”? ¡Qué final tan tierno, romántico, sería! Restando esto, resta por felicitarse porque, alabado sea el Señor, alguien ve al resucitado nada más resucitar, allí, pegadito a la cueva-tumba, sin necesidad de ir de Laviana a El Entrego ni, desde luego, qué barbaridad, de Gijón a León.

Yo les cedo ahora la palabra a ustedes. Pueden elegir entre la reflexión y la estolidez. Y que no parezca que menosprecio la estolidez, porque qué consolador es flipar creyendo en un Dios masculino, en una Eva fabricada a partir de una costilla adánica, en los Reyes Magos y el ratoncito Pérez. La concupiscencia mental es guay. En el profundo fondo todos somos unos críos. Además, la estolidez está bendecida por el Espíritu Santo, porque fue Él quien inspiró a los cuatro evangelistas el contenido de sus escritos; aunque no acabo de entender por qué les dio datos distintos. “Dios no juega a los dados”, afirmó Einstein. Pero el que no juegue, y razono sobre la marcha, no excluye que se divierta de tanto en tanto un poquito con sus criaturas, ¿no les parece? Quizá este rasgo bromista del Padre explique las aporías de los cuatro (o cuatrocientos) evangelistas. Pues entonces, lo acabo de entender. ¡Uf, qué alivio!

Virginidad

Fragmento tabla de Roger Van der Weiden

Fragmento Retablo de Santa Columba, Roger Van der Weiden

Retrocedamos. Desde el Jesús muerto, o resucitado, o zombi, lo que cada uno de ustedes case más con sus creencias o inteligencias, a su origen, su cigoto, su primera célula compuesta de los gametos femenino y masculino y que de inmediato dará paso al embrión y, después, al feto (no sé, llamar feto al Hijo de Dios no suena bien, ¿verdad?; bórrenlo). El problema en esta familia de Nazaret es que el esperma de José, de haberse corrido, no pasó de la vulva de María, recorrió su vagina y se encontró con el óvulo para penetrarlo (un solo espermatozoide). No sucedió nada de eso porque María fue preñada sin perder la virginidad. Se lee en Mateo 1, 22-23: “Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor había anunciado por el profeta [se refiere a Isaías], que dice: ‘He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo, y que le pondrá por nombre Emmanuel, que quiere decir Dios con nosotros.”

Isaías, del siglo VIII a.C., fue uno de los grandes profetas israelitas. En el texto de Isaías al que se agarra Mateo para sustentar la virginidad de María (y Lucas, que copió sin vergüenza ajena versículos de Mateo, pero no el examen completo y al pie de la letra, para no ser pillado por el profe, y le dio ese toque personal de contención), se usa el término hebreo almah, que significa muchacha, y los brutos (cometieron errores garrafales, y muchos, en serio) que tradujeron al griego textos del Antiguo Testamento y, junto a otras composiciones, lo presentaron en un libro que conocemos como Biblia de los Setenta, tradujeronalmah por virgen. Y el singular Mateo, que, ya dijimos, metió la pata hasta atrás y armó el lío de los muertos vivientes, ni corto ni perezoso, puso una virgen sobre la mesa, como el que pone una manzana (no la de Eva, que se la zampó, a medias con el bendito de Adán, que el Paraíso era un matriarcado, y Yahvé, en su cabreo, los echó a patadas e invirtió los papeles: el patriarcado).

Es sumamente relevante que Marcos, que fue el que vivió más próximo en el tiempo a Jesús, no mencionara la virginidad de María. Tampoco Juan, quien apenas hizo caso de las páginas escritas por Mateo y Lucas. Referir a propósito que, entre las primeras corrientes cristianas, hubo disputas muy disputadas acerca de este milagro, muy notorio para, repito, no ser acotado como se merece por Marcos, por Juan y por el Antiguo Testamento. Todavía más. Los cuatro evangelistas hablan sin tapujos de que Jesús tuvo hermanos (en 1546, en el Concilio de Trento, la Iglesia cristiana zanjó definitivamente toda controversia haciendo primos a los hermanos de Jesús, y zanjó asimismo otras cuestiones capitales: la Resurrección, la consubstantialis de Jesús con Dios, la repulsa de Cristo al clero profesional y la defensa que hizo de la igualdad entre mujeres y hombres; y esta Iglesia, hereje pues ella misma respecto al mensaje de Cristo, nos legó una Biblia fraudulenta, manipulada a conciencia, e insultante). Hasta el mismísimo Mateo certifica que Jesús tuvo hermanos: “Mientras Él hablaba a la muchedumbre, su madre y hermanos estaban fuera y pretendían hablarle. Alguien le dijo: ‘Tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablarte” (Mateo 12, 46-50). En pocas palabras, María parió varios vástagos, además de Jesús: José, Santiago, Simón, Judas, y hermanas, a las que no se les ponen nombres; y si los parió –aquí las fuentes se abstienen de nombrar al semental Espíritu Santo–, dejó de ser virgen, lo que equivale a un revés al manto blanco, sin mácula, de María, pobrecilla ella. Pero hay otro hecho que me tiene en ascuas. Es este: conforme, ok, María fue preñada in vitro, pero por dónde salió Jesús de su vientre, porque de salir por donde salimos, María quedó des-virgada de dentro afuera. Queda otra opción, la cesárea. Sí, eso fue. ¡Bendita seas entre todas las mujeres, María!

Paternidad

Cristo en casa de sus padres, Sir John E. Millais, s XIX

Cristo en casa de sus padres, Sir John E. Millais, s XIX

 

Confieso que José, el carpintero, siempre me dio pena. Cuando pienso en él, lo asocio (sin fundamento documental) con un cornudo. No porque María le fuese infiel, en absoluto, sino porque alguien la sedujo o la violentó. Ella era una púber de trece o catorce años y la emparejaron con José, un señor mayor que le sacaría probablemente más de medio siglo. No se ha de descartar un solapamiento sobre el verdadero padre de Jesús, agravado con la descomunal patraña de la virginidad (otras vírgenes con hijos: Isis, Astarté, Afrodita y Venus; el judaísmo y el cristianismo estuvieron muy influenciados por las creencias orientales, griegas y romanas).

Hay un documento valiosísimo que hace tambalear todo el edificio construido en torno a José padre. En la Biblia católica de Nácar-Colunga se hace una anotación al versículo de Mateo 13, 55, reseñado anteriormente, en el que se afirma que Jesús no era hijo único. La anotación eclesiástica a este versículo reza: “Jesús pasaba por hijo de José, ya que el misterio de su concepción virginal estaba aún velado por el secreto”. Ese “pasaba por” echa abajo la paternidad de José, pero como uno no puede fiarse de los escolios católicos, la duda persiste: ¿es José padre biológico o no de Jesús? No hay respuesta. Por más que se preste atención a las Sagradas Escrituras y a los análisis de los expertos, no hay respuesta positiva o negativa plausible. Es por eso que dije al principio de este último apartado que no hay “fundamento documental” para ponerle los cuernos a José o hacer a José desempeñar el papel de tapadera. Por eso, finalmente, tomen este capítulo, a diferencia de los anteriores, como una opinión, y como opinión, sin valor alguno. Y si la incluyo es por dos razones: una, completar la familia (madre, padre e hijo), una familia corriente y moliente, como los molinos de agua, y otra, dar también relevancia a un personaje bíblico, José, el carpintero, que crio a Jesús, le dio un hogar y un oficio, carpintero como él, en una tierra pobre y sometida a Roma.

Una cosita más, solo una y termino, prometido. En el escolio de la Biblia Nácar-Colunga, a continuación de la oración en la que “Jesús pasaba por hijo de José”, se añade: “Los hermanos y hermanas de que nos hablan con frecuencia los autores sagrados [los cuatro evangelistas] son parientes cercanos, primos carnales por parte de Madre o de San José”. Yo pregunto: ¿Por qué esta anotación? Para preservar la virginidad perpetua de María. Pero ¿tiene consecuencias esta precisión? Las tiene: los evangelistas Marcos, Mateo, Lucas y Juan son unos herejes, no acatan la ortodoxia. Joder, la propia Iglesia, ella hereje, acusa de herejía a sus cuatro pilares del Nuevo Testamento y no los procesa. En fin, mañana, lunes, será otro día, la vuelta a la normalidad del canibalismo, que fue interrumpida por esta semana y lo será en el futuro por otras festividades, que no vamos a estar todo el rato comiéndonos los unos a los otros. Conviene preservar la especie con juegos tipo Semana Santa y corro de la patata. ¡Aleluya, Aleluya!

Aclaración.

Hay un famoso versículo de Marcos que reproduce estas palabras de Jesús: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Cielo”, Marcos 10, 17-27. Es de adivinar que algunos de ustedes encuentran exagerado el reto que el Mesías lanza a los capitalistas, nada más ni nada menos que un camello y un minúsculo agujerito, y tienen razón, porque no se trata de un camello sino de un hilo muy grueso, una cuerda. El origen de este dislate lo hallamos entre finales del siglo IV y principios del V, cuando Jerónimo de Estridón –san Jerónimo—lanza al mercado la Biblia Vulgata, en latín, para que el pueblo la leyera. Al traducir la Biblia escrita en griego al latín, Jerónimo se encontró en ese versículo, y en otros, con la palabra griega kámilos, que significa soga, y se hizo un lío con la ‘i’, que convirtió en ‘e’, kámelos, que es, justamente, camello. Quizá el que las dos palabrejas se pronunciaran de la misma forma contribuyó al error. Esta aclaración se ha de insertar en la estructura critico-textual que he procurado construir en este artículo, en la que se ha incidido en la existencia de equívocos bíblicos trans-cendentales. Sin ir más lejos, hay pasajes que proceden de fuentes en lenguas distintas: hebreo, arameo, caldeo, griego, que dificultan muchísimo la tarea de descodificación. Por tanto, tomarse los libros de la Biblia al pie de la letra, sin contrastarlos con otros escritos y con los hallazgos de la arqueología, es el camino directo al absurdo, y de este a la intransigencia fundamentalista. Nuestro supergramático y católico Antonio de Nebrija clamó ya en el siglo XVI contra estas “falsificaciones”. Lo dijo él, no yo. Él fue un sabio; yo soy un diletante.

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