Nada que celebrar. A propósito del 50 aniversario de la inauguración del colegio de los Agustinos de Avilés

Jaime Luis Martín, La Nueva España, 13 de mayo de 2016

 

Inauguración del colegio de los Agustinos, Avilés 1966

Inauguración del colegio de los Agustinos, Avilés 1966

 

Cuando se cumple el cincuenta aniversario de la inauguración del colegio de los Agustinos en Avilés quiero recordar, aunque pueda parecer siempre lo mismo y sea cada experiencia diferente. Fui uno de sus alumnos, con aquel flequillo de corte marcial con el que aparecemos todos en las fotos, hasta 1976 cuando vendieron el colegio al no obtener la rentabilidad esperada. Era, en cierta manera, un privilegiado, no sufrí muchos castigos ni sevicias, tal vez porque como delegado de clase y buen estudiante tenía un cierto predicamento ante los curas. No quiero citar nombres, pero he visto cómo un sacerdote nos situaba en fila y nos daba una bofetada si no respondíamos correctamente. No he olvidado, todavía, su cara ni su nombre, que no cito, un sádico que disfrutaba todos los días con estas prácticas. Me viene a la memoria un joven cura que golpeó la cabeza de un niño contra una pared, simplemente por hablar en la fila, y la de un profesor seglar que expulsó de la clase a patadas, en un acto de singular coraje, a un alumno de doce años. Todo eso lo recuerdo. Como, también, la homofobia que llegaba hasta el púlpito con el oficiante lanzado anatemas contra dos compañeros a los que descubrieron amándose tras un seto, aunque todos sabíamos que había algunos padres agustinos a los que no convenía acercarse, ni siquiera para confesarnos con ellos, para no padecer sus excesivas muestras de cariño.

Había un clasismo insoportable, una defensa del franquismo que apestaba a fascismo, una intolerancia y sensación de miedo que nos arrebató el derecho a la felicidad en aquellos años. Pero, sin duda, me quedan, también, los recuerdos de profesores sobresalientes que, tal vez, padecían la misma sensación que sus alumnos y sacerdotes que, como buenos vigilantes, nos alegraban algunos momentos de la vida; aunque eran la excepción en aquel campo educativo. En realidad, toda esta sensación de horror lo descubrí mucho más tarde. Por entonces, estaba agradecido con las felicitaciones que recibía por mi comportamiento y mis buenas notas, pero sobre todo, por no padecer las humillaciones que infligían a quienes eran diferentes.

Lo descubrí muchos años más tarde cuando comencé a estudiar en el Instituto de Salinas y me encontré con profesores como la directora, Mercedes Álvarez Saldaña, que valoraban el respeto, el compañerismo, la libertad y el compromiso. Por eso, no acudiré el 18 de junio “a platicar y rememorar aquellos tiempos, en amistosa y agradable tertulia”, como nos invitó, desde las páginas de este diario, el exprior del monasterio del Escorial y director del colegio de 1970 a 1974. No acudiré porque no tengo nada que celebrar, salvo que se hayan ido para nunca volver. Y desearles que, si existe el dios en el que creen, los coja confesados.

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