Llora Gigia sobre la mar de San Pedro

Sobre la “tradición” gijonesa de la bendición de las aguas, y la fiesta local del 29 de junio, escribe Francisco Prendes Quirós

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La Nueva España, 5 de julio de 2016

Una fiesta de finales de junio que no lo fue hasta el mandato de Paz Fernández Felgueroso

Francisco Prendes Quirós.- Con la pesada cruz a cuestas de los recientes resultados electorales, llora Gigia sus penas en la fiesta de San Pedro, que durante años y años no fue, ni siquiera, reconocida como fiesta local.

Fue y no fue fiesta, debemos aclararnos: hasta el mandato de doña Paz no lo fue, que los taberneros preferían la de San Juan, para que la hoguera diera cuanto fuego pudiera a las arcas, al poder el respetable descansar entero el día siguiente.

Sí hubo, in illo tempore, misa mayor por San Pedro, en la que un escogido orador sagrado cantaba las virtudes del apóstol, pescador valeroso, en latín y castellano, Caveda o Teodoro Cuesta, pudieron hacerlo en bable, pero ninguno de los dos tenía acceso al púlpito; por las mismas calendas, hubo corridas de toros; y luego no las hubo. No hubo bendición de las aguas como inicio de la temporada de baños hasta que don “Boni” y don “Tini”, -don Camilo y don Pepone-, decidieron poner paz en la guerra de “las termas”?, pero la bendición de las aguas fue rito local, íntimo, apenas dos docenas de curiosos, porque no era fiesta, ni el Obispo celebraba triunfos electorales, como ahora le ocurre a Fray Jesús y Sanz.

Cuando la Alcaldesa invoca un tradición milenaria como disculpa de la conjunción, ignora la pobre que la corta tradición la comenzó el odioso Tini y la consolidó la “paz” socialista, de la que, durante doce años, disfrutó Gigia, su antecesora, de cuyo mandato quiso inútilmente borrar toda memoria, “damnatio memoriae”, tan romana, menos, por desconocer la propia historia, los vínculos del agua.

Es ahora, por la dichosa política, cuando el juego inocente de alcaldía y parroquia ha tomado forma de partida seria de “Alcaldía y Altar”, cuando adquiere importancia la oposición al enredo institucional viene desempeñando la Asturias Lacia y las unidad de izquierdas, socialistas, y del buen maestro Mario, el sostén externo y a la medida, de la alcaldía. Maestro y mago que le dice a la alcaldía lo que debe hacer, tanto de noche como de día; el camino a seguir, el premio que discernir, la obra a vigilar, el subsidio para remediar?, pero que en el fin de esta fiesta, la alcaldía no obedece en aras de la pretendida tradición que fue juego de complicidad y sacristía.

De aquel “in illo tempore”, de aquellas “kalendas grecas” a hoy, Gigia siguió su vida afanosa, llorando sus penas sobre las peñas y la mar? Y tan solo un alcalde de los cien que desde 1840 a Carmen Moriyón, -alguno repitió hasta en cinco ocasiones como Gil Fernández Barcia, el de la “escalerona” y el sombrero bien calzado; otros en tres, como el fundador Casimiro Domínguez Gil; dos en momentos revolucionarios, gobernó Nemesio Sanz Crespo Cifuentes, o cuatro bien normales, desempeñó la alcaldía Jesús Menéndez Acebal, el cuñado del republicano don Tomás.

Dicen que en noches de luna llena, los pescadores vascos del bonito, los que con los constructores introdujeron por la puerta falsa el patrocinio de Begoña, merendaban al pie de la caldereta de sus barcos, la marmita de bonito que compartían desde el atardecer con el patrón y sacristán de la Cofradía, y el buen Ataúlfo que se encargaba con Alfonso, el almacenero de la Junta del Puerto, de sal, patatas, cebolla y pimiento y buenos barriles de sidra.

En aquellas noches de entre julio y agosto, el sacristán de San Pedro contaba a los vascuences historias de la Gigia ida. De cuando Antolín Esperón llegó a la villa, procedente de Pontevedra para asumir el puesto de Alcalde-corregidor, cuando los obreros de la Sociedad del Ferrocarril de Langreo colocaban los últimos miles de traviesas que sujetarían los “raíls” sobre los cuales habrían de llegar al puerto las “ullas” de los ricos criaderos de Langreo, propiedad del duque de Riansares y su esposa, la reina madre. ¡Qué negocio había urdido la pareja! Por algo más de un millón de francos, cuatro millones largos de reales de vellón, habían comprado la feliz pareja, que previamente había adquirido la “Malmaison” de Josefina para gozar su exilio parisino “a cuerpo de rey”, las posesiones minera y carretera carbonera, que habían sido del infeliz Aguado, el hombre más rico de los más ricos de París; el que daba las fiestas más lujosas, se paseaban en carroza con tiro que no igualaba la realeza; el que disfrutaba, en su posesión de “El Petit Bourg”, de los aromas de Luis XIV, el rey Sol, dorando las carnes tiernas y blancas de madama de Montespan.

Y aquel hombre, -recalcaba Vicentón-, rico como epulón y amante de la cultura y la belleza, que había sido protector de Balzac y de Rossini, que había tenido un teatro, por amor a Jovellanos había dejado esposa et fills, y por hacer de Asturias una pequeña Inglaterra, vino a morir a Gijón en una noche de abril, en medio de las alegrías de una cena que le ofrecía, sin ser San Pedro, el alcalde Casimiro Domínguez Gil.

Y los pescadores, al calor de las jarras de sidra que el buen Alfonso rellenaba una y otra vez, sin probar ni trago, pues tenía hecha promesa de abstinencia a Santa Catalina por motivos de corazón, ¡siempre tan tierno y cariñoso!, no dejaban de mirar la casuca, en que al pie de la fuente de la Barquera, do el palacio condal, dejara de existir el rey vero de París.

Sobre las peñas y la mar, Gigia lloraba, como llora hoy cuando de su juego de agua, se apodera el jefe espiritual de la coalición electoral triunfadora, para implantar so capa de tradición su imperio sobre los juegos liberales de don Camilo y Pepone, y los decíres ocurrentes de doña Paz y don Javier, que, de pronto se ve relegado de su plano y parroquia por el advenimiento de su superior, que para sí reserva todo poder y toda gloria, sea en compañía de don Lorenzo, sea en el palco del “futból” donde se acompaña de su edecán ovetense, o en medio de las gaviotas de la mar y las hormigas del hormiguero.

Llora Gigia liberal, sobre las peñas y San Pedro, implora para que los laicos no cejen en su empeño, que de ser villa liberal, no hemos de volvernos en ermita.

 

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