1936, un verano de hace 80 años… Gijón bajo las bombas

EXPOSICIÓN “GIJÓN BAJO LAS BOMBAS” del 21 al 31 de julio de 2016, Ateneo de la Calzada, Gijón

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En 2011, producida por la desaparecida concejalía de Memoria Social del Ayuntamiento de Gijon, el Ateneo Obrero de Gijón y Memoria Democrática d’Asturies tuvo lugar en la Biblioteca Jovellanos la exposición “Gijón bajo las bombas”, que ahora, cuando se cumplen ochenta años y en homenaje a los civiles asesinados, rescata el Ateneo Obrero para una nueva exposición en el Ateneo de La Calzada. Fecha y emplazamiento nada casuales: precisamente las primeras víctimas del bombardeo del 22 de julio fueron tres socios de ese Ateneo.

Entre aquel 22 de julio y la entrada de las “tropas nacionales” el 21 de octubre del año siguiente, en Gijón se estuvo permanentemente expuesto a los bombardeos del crucero Almirante Cervera y de los aviones nazis de la Legión Cóndor, y, de manera ocasional, a los del acorazado España. 

La Nueva España, bajo el título “Quinientos días de infierno”, se hacía eco entonces de la exposición y de una breve reseña histórica de esos quince meses en que Gijón fue el objetivo con más ataques aéreos en el frente Norte:

“El 22 de julio de 1936, menos de una semana después de que Franco se hubiera alzado contra el Gobierno legítimo de la República, una escuadrilla de aviones rebeldes se desplegó sobre el cielo despejado de Gijón con el ruido de su amenaza. Había despegado sólo unos minutos antes desde su base en León, ya en manos de los militares levantados. Hizo el trabajo con rapidez, sin oposición; una incursión que dejó, junto a los escombros y las cenizas, cuatro muertos (tres de ellos, socios del Ateneo Obrero de La Calzada) y una mujer gravemente herida.

Siete días más tarde, el crucero «Almirante Cervera», uno de los buques mejor dotados de la Armada, recortó su perfil gris naval en la bahía de San Lorenzo. Los sublevados acababan de hacerse con el mando de la nave en los diques de Ferrol, tras reducir a la tripulación mayoritariamente fiel a la legalidad republicana. Sus ocho cañones de 152 milímetros, capaces de disparar proyectiles de hasta 45 kilogramos de peso, se ensañarían con la ciudad día y noche, hasta el 4 de agosto de aquel primer año de Guerra Civil. Otro navío, el acorazado «España», se sumaría esporádicamente a aquellos ataques. Los gijoneses no volverían a mirar el cielo con tranquilidad en mucho tiempo, durante los quince meses que duró la contienda en el Norte, hasta la entrada de las tropas franquistas el 20 de octubre de 1937.

Quince meses de muerte y destrucción. Gijón fue la ciudad del norte español más largamente bombardeada. No llegó a ser arrasada como Guernica, que se convirtió en un símbolo internacional cuando Picasso decidió hacer de aquella infamia una de las obras más tremendas de la historia de la pintura; tampoco las imágenes de sus cascotes fueron tan divulgadas como las de Oviedo, con uno de los frentes de guerra más duros; ni siquiera ha entrado en la lista de comparaciones con otras localidades asturianas, como Cangas de Onís, minuciosamente devastada por el fuego aéreo. Y, sin embargo, los gijoneses sufrieron el mismo terror, los mismos rigores, las mismas inquietudes y desazones que millones de víctimas en aquellos y posteriores años: de Madrid a Bagdad.

Un miedo justificado que se acrecentó a partir del verano de 1937, cuando la temible y venenosa Legión Cóndor incluyó en su particular mapa de la destrucción española las coordenadas de Gijón, una ciudad que entonces tenía unas 60.000 personas (85.000 en todo el concejo) y que era retaguardia. Los ataques aéreos sobre la población y su puerto, El Musel, fueron casi diarios desde la toma de Santander por el ejército sublevado. Tras los acuerdos entre Franco, Hitler y Mussolini, la aviación nazi hizo de los cielos y las ciudades españoles el gran ensayo general para la estrategia de destrucción aérea que ejecutaría poco después, en la Segunda Guerra Mundial, sobre decenas de urbes europeas. Gijón fue uno de los campos de pruebas, uno de los matraces de aquel letal laboratorio. Por primera vez en la historia se firmaron órdenes sistemáticas de bombardear a la población civil. El terror de los no combatientes se convirtió en un arma de desmoralización, en una nueva y eficaz trinchera”….

De aquella exposición de 2011, comisariada por el historiador Héctor Blanco- que estará presente en esta “reinauguración”-,  Pedro Timón Solinís realizó para la muestra un audiovisual del mismo título, basado en las fotografías que Constantino Suárez realizó durante la Guerra civil en Gijón:

 

 

Sigue información de La Nueva España:

«Trato de ponerle cara al sufrimiento, de mostrar a los jóvenes que las guerras no son un videojuego, de que los bombardeos que ven por televisión pueden ocurrir también en su ciudad y a su familia», asegura Héctor Blanco. El investigador propuso las líneas este trabajo a finales de 2009, aunque la idea empezó a prender mucho antes, en 2002, cuando, a raíz de una exposición para la Empresa Municipal de Aguas (EMA). apareció una carpeta con planos de refugios gijoneses, entre ellos, el proyecto para el de Cimadevilla. Al preparar la historia de la obra pública municipal, el historiador se dio cuenta de la necesidad de explicitar la causa por la que se habían construido aquellos refugios para la población civil. Setenta y cinco años después de aquel primer bombardeo sobre Gijón, empezamos a tener un relato fiable de aquellos hechos, avalado, además, por algunos testimonios del máximo interés. Es el caso, por ejemplo, de los que aporta el veterano periodista Juan Ramón Pérez Las Clotas, o el del histórico comunista Manuel García, «Otones».

«La información que he reunido es una muestra de la guerra moderna. Los conflictos bélicos de las últimas décadas se plantearon a partir del sufrimiento de la población civil, con experiencias como las que vivieron los gijoneses durante aquellos quince meses», indica Blanco. Será muy difícil, por no decir imposible, establecer cuántas víctimas provocaron aquellos bombardeos. Tampoco es el objetivo de esta publicación, que incluye una cronología de los sucesos y otros documentos de interés, incluida una reproducción de «El refugio», un cuadro pintado por Piñole en 1937 que refleja el angustiado compás de espera de catorce personas en un portal de vecindad. Es una escena que le debía resultar familiar al artista en aquellos días. «Un solo muerto ya sería demasiado», dice el historiador. Aun así, sabemos que en un primer gran bombardeo verificado el 14 de agosto de 1936 hubo 54 muertos y unos 100 heridos. «El asunto central es hacer ver la crueldad de este método de ataque, que se generalizaría posteriormente», subraya.

La defensa antiaérea era escasa, así que las autoridades republicanas afinaron, aprovechando el tupido tejido fabril de la ciudad, un sistema de sirenas y se aplicaron a establecer una red de refugios. Tampoco los cazas gubernamentales, incluidos los «chatos» o «moscas» de fabricación soviética, llegados a Cartagena en octubre de 1936, podían hace frente con demasiadas esperanzas de éxito a la superioridad tecnológica de los aparatos de la Legión «Cóndor», con sus «Messerschmitt 109», los «Dornier 17» o los «Heinkel 111». Para colmo, hasta cuatro cazas republicanos se estrellaron consecutivamente en la Ería del Piles, según cuenta Blanco, tras despegar del cercano aeródromo de Las Mestas. Aun así, algunos aviones nazis, capaces de arrojar bombas de 250 kilogramos de peso, fueros abatidos”

De la exposición actual en el Ateneo de La Calzada, que tendrá lugar desde el 21 al 31 de julio, informa J. C. Gea en La Voz de Asturias

 

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Imágenes, en su mayoría, publicadas en La Nueva España, completando la información de J.L. Argüelles en “Quinientos días de infierno”

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