Despidiendo a Gonzalo Puente Ojea

Memoria del ateo confeso, tan vinculado a Asturias, que fue embajador de España ante la Santa Sede
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Gonzalo Puente Ojea fotografiado en Gijón (2013) por Marcos León

Francisco Prendes Quirós, La Nueva España, 12 de enero de 2016

En la madrugada del pasado 10 de enero, fallecía en Getxo, -tierra de su Pilar, la fiel compañera de su último años, que le dejó solo en su tierra el pasado verano-, a los 92 años, el embajador de España Gonzalo Puente Ojea, uno de los referentes del pensamiento laico de este país, que viudo y agotado no fue capaz de volver a su casa de Madrid. En realidad, creo que había muerto en Getxo, no el pasado 10, sino cuando en el caserío falleció Pilar.

La soberanía civil del Estado, la denuncia de los inconstitucionales “acuerdos” estatales con la Santa Sede que lo sujetan al ala más ultramontana y conservadora de la iglesia tradicional, vicio secreto en el que, por miedo al infierno y al poder terrenal de los señores obispos, cayeron Suárez y su UCD, mientras públicamente negociaban con las izquierdas del país una Constitución no confesional; y un cada vez más radical republicanismo cívico fueron el campo de su trabajo intelectual. Publicará ya entrado en años, unos espléndidos, documentados y polémicos libros debeladores del cristianismo oficial, y una crónica entre mordaz e irónica de sus días de embajador de España ante la Santa Sede, entre los años 1985 y 1987.

Nacido en Cienfuegos (Cuba), en 1924, hijo del entonces cónsul de España en la isla, vivió una vida solitaria de lucha contra la corriente “nacional” establecida por las armas vencedoras del caudillo. Participó, sin pertenecer orgánicamente a ninguna corriente organizada, en la resistencia democrática; estuvo próximo al FELIPE y colaboró con sus trabajos en el “Boletín de Tierno”, aunque nunca se integró en su partido.

Fue subsecretario de Exteriores en el ministerio de Fernando Morán. Y su trabajo profesional más resonante lo realizó después en la embajada de España en El Vaticano, puesto tradicionalmente reservado para almas pías; entre otros mil, lo sirvieron Alejandro Pidal, que terminó renunciado a la embajada “por no poder servir a dos señores, España y León XIII, a un tiempo”? También Fernando María Castiella ocupó el palacio, y como recuerdo, según el propio Puente Ojea, dejó los históricos arcones del edificio diplomático bien surtidos de mantelerías y sábanas del mejor hilo de Holanda.

Puente Ojea, ateo confeso, adversario implacable de “neos” y “teocons”, quiso conocer el encanto de los “señores” de Dios en la tierra. Y lo conoció. Y en aquella corte-avispero vio a su segunda esposa, que casó con él en estado de viuda, discriminada por estar casada con un divorciado.

De los actos protocolarios a que él asistía, de los banquetes en los palacios a que era invitado, o de las recepciones en las casas de las “Órdenes”, Pilar, vasca, viuda y creyente a toda prueba, estaba excluida; pero los monseñores, príncipes y dignatarios sí acudían a los banquetes que se ofrecían en la embajada de España, donde ella, la buena Pilar, recibía como señora de la casa. Ella no le daba importancia. “Acudían sin reparo alguno, a pesar del pecado en que vivía con Gonzalo, porque el cocinero de la embajada era excelente”.

Con Asturias, Oviedo y Gijón, con IU, Asturias Laica y el Ateneo Republicano estuvo muy unido. Con frecuencia visitó nuestra tierra. En Madrid no faltó ni a uno solo de los actos que allí organizó el Ateneo Republicano en recuerdo de Riego y en exaltación de la República. Pilar, como buena vasca, amaba nuestra tierra; y como mujer de buen gusto, no era capaz de rechazar una caja de “Princesitas” de La Playa.

De aquellos tiempos ya van quedando contados amigos republicanos en Madrid: Raúl Morodo y el también embajador Ramón Villanueva, algo más joven y “amigo del alma”, como antes se decía, de Gonzalo Puente Ojea, que no creyó en Dios y poco, y con razón, creyó en los hombres. Que la tierra le sea leve, y su recuerdo permanezca vivo.

Gonzalo Puente Ojea.

Francisco Prendes Quirós
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