Dos falacias de la maternidad subrogada

 

Foto: El Soma

 

Xandru Fernández, El Soma, número 3, marzo 2017

No está bien visto limitar el derecho al sufragio activo, pero si hablamos de “voto rogado” la cosa cambia: nuestras reacciones se normalizan, aun sabiendo que detrás de esa expresión no se esconde una realidad diferente de la limitación de un derecho. Tampoco está bien visto poner cuchillas en las vallas fronterizas, pero la brutalidad de esa expresión no nos golpea con tanta fuerza si usamos el eufemismo “concertinas”: ¿qué demonios es una concertina? ¿Qué es lo primero que se nos viene a la cabeza cuando oímos esa palabra?

Por lo que sabemos, ese tipo de sustituciones lingüísticas es la señal que delata un encubrimiento. Y si la sustitución brota de golpe, si trata de abrirse paso a empujones en los medios de comunicación y lo consigue suscitando una polémica en la cual la sustitución misma es relegada a un segundo plano, podemos estar razonablemente seguros de que algo hay ahí que no pinta nada bien.

Si hemos empezado a hablar de “maternidad subrogada” en lugar de “vientres de alquiler” no es por casualidad: ¿en cuántas conversaciones usamos el verbo “subrogar”? La sustitución delata aquí la voluntad de introducir una valoración diferente de la que lleva asociada la expresión “vientres de alquiler”. Lo sabemos y, no obstante, lo hacemos. ¿Por qué? Tal vez por lo mismo por lo que decimos “calificaciones” en lugar de “notas”, o “enema” en lugar de “lavativa”: la sustitución lingüística se alimenta del prejuicio universal hacia el vulgarismo y utiliza en beneficio propio el prestigio del registro culto, por más que nadie sepa explicar en qué momento “externalización” pasó a ser un cultismo en detrimento de “privatización”.

Hablemos, pues, de la maternidad subrogada. O, mejor, no hablemos de ella, sino de lo que de ella se dice y de los mecanismos implícitos en esas formas de decir.

Uno de esos mecanismos se está volviendo muy habitual entre los defensores de la regulación legal de los vientres de alquiler. Se trata de una falacia muy similar a la que Leo Strauss bautizó como “reductio ad hitlerum” y que, por analogía (y por pereza), propongo denominar “reductio ad capitalismum”: si en la reductio ad hitlerum se rechaza cualquier propuesta, preferencia u opinión argumentando que Hitler estaría a favor de las mismas, en la reductio ad capitalismum se bloquea cualquier objeción sobre la base de que, en el contexto del mercado libre, la generalización de esa objeción supondría, en la práctica, la supresión de la mayor parte de las actividades que consideramos normales.

Un ejemplo de esta reductio ad capitalismum lo encontramos en el artículo de Luisgé Martín “Vientres libres” (El País, 21-2-17): “[…] entre una prostituta de lujo que selecciona a sus clientes y un reponedor de supermercado que pasa todo el día etiquetando latas de conserva no me cabe duda de cuál de los dos lleva una vida más digna. ¿Alguien decidiría ser reponedor si no fuera porque necesita el dinero? ¿Por qué es más alienante vender el cuerpo que vender el propio tiempo —a granel casi siempre— o el talento? ¿Por qué se sigue afirmando que lo primero cosifica y lo segundo no, cuando no hay mayor cosificación que el uso de las capacidades humanas como fuerza laboral mecánica?”.

El argumento es poderoso: ciertamente, nadie puede negar el carácter alienante de la mayor parte de los trabajos ni el hecho de que, detrás de la elección voluntaria de un oficio, siempre existe la necesidad de ganarse la vida. Pero de esa constatación no se sigue necesariamente que todas las maneras de ganarse la vida sean legítimas, ni que no se pueda limitar coherentemente el ejercicio de muchas de ellas. Prácticamente todas las sociedades de libre mercado instituyen prohibiciones expresas o tácitas y bloquean la práctica de actividades económicas que quedarían perfectamente cubiertas por el presunto derecho a la competitividad en el mercado: así es que se proscribe la venta de órganos y se prohíbe expresamente el asesinato, a pesar de que cientos de individuos podrían objetar que este último no deja de ser un servicio libremente prestado por un particular y que, ciertamente, hay demanda. La libertad de hacer uno con su cuerpo lo que le dé la gana no es, de hecho (ni de derecho), absoluta, y por más que mis escrúpulos morales no alcancen a comprender por qué no puedo mutilar mi cuerpo en público a cambio de unos eurillos, no es de esperar que la próxima revisión del CNAE incluya un epígrafe dedicado a la autocastración.

Otro de los mecanismos recurrentes en los discursos favorables a la maternidad subrogada es la invocación reiterada del deseo de ser padres o (menos frecuentemente) madres. Invocación que muy a menudo alude a un supuesto derecho a la paternidad/maternidad que, en mi opinión, no es otra cosa que un desiderátum sin correlato alguno. Pero esto no trata de opiniones, ni de la mía siquiera, de modo que aparquemos cautelarmente la cuestión de si existe o no un derecho a ser padres o madres, y centrémonos en el uso que se hace explícitamente de ese derecho o deseo. Eduardo Mendicutti lo expresaba así recientemente: “Creo que es adecuado partir del principio de que todos, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, debemos ser iguales ante la ley y en el acceso a los recursos que puedan cambiar, mejorar y dignificar nuestras vidas. Felizmente, no sólo parejas heterosexuales, sino los hombres solteros o las parejas gays que pueden permitírselo se lo permiten, de hecho, sin mayor esfuerzo que el económico; lamentablemente, muchos otros no pueden cumplir, por razones exclusivamente económicas, su deseo de paternidad” (El Mundo, 11-2-17).

En este supuesto, la maternidad subrogada vendría a ser un recurso capaz de suprimir una barrera biológica a una desigualdad social, pero un recurso cuyos paradójicos beneficios consistirían en permitir que se establezca un vínculo biológico. Así entendida, la paternidad/maternidad queda reducida al invisible lazo que une al padre y a la madre con su vástago genético y, por tanto, a la perpetuación de una herencia biológica sin la cual, parece ser, no habría filiación posible. No se contempla aquí la posibilidad de la adopción, procedimiento que establece un vínculo paterno/materno-filial tan perdurable e indistinguible de la filiación genética que en ninguna de estas apologías de la maternidad subrogada se lo menciona. Y justamente no se lo menciona porque traerlo a colación implica mostrar que el prejuicio en que descansa esta campaña en favor de la subrogación de úteros es el de considerar que solo hay una forma propia y no figurada de concebir la paternidad/maternidad: la biológica. De un modo análogo a como se atacaba el matrimonio homosexual, esto es, subrayando el empleo metafórico, analógico, del término “matrimonio” frente a su uso propio o natural, así se alude ahora a la paternidad/maternidad como a un hecho puramente biológico, natural, del cual la paternidad/maternidad adoptiva solo sería una copia imperfecta. “Quiero un hijo de mi misma sangre” es el mensaje implícito en estos alegatos.

Por supuesto, nadie en su sano juicio apelaría en nuestros días a esa sangre de la que, en el mejor de los casos, puede decirse que ya ha cumplido con creces su función metafórica en la historia de la humanidad. Considero que sostener su relevancia en este tipo de debates es tanto como invocar el derecho a la resurrección: pretender que el Estado legisle sobre entidades imaginarias, sobre ficciones literarias o sobre convicciones mágico-religiosas que pueden ser muy respetables pero no dan lugar a derecho alguno. En otras palabras, no es cierto que, en igualdad de condiciones económicas, algunos hombres y algunas mujeres no puedan ser padres o madres tan solo por no poder concebir o gestar: la ley les ofrece la posibilidad de serlo, si lo desean, adoptando a un niño o a una niña que necesita justamente un padre o una madre. Pretender que esto no es así porque no se cumple un requisito imaginario, fundado tan solo en la creencia en un vínculo imposible de determinar y en todo caso infalsable, no parece la mejor manera de iniciar una discusión racional, ni sobre vientres de alquiler, ni sobre nada.

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