Fernando Esteban Lozada: “La Iglesia es partícipe en los totalitarismos, cumpliendo una labor de legitimación”

Entrevista en La Nueva España a Fernando Lozada que, organizadas por Asturias Laica, dará dos conferencias en Asturias: jueves 15 en Gijón, viernes 16 en Oviedo

Fernando Lozada en LNE. Foto, Marcos León

 

J.M. Requena, La Nueva España, 15 de marzo de 2018

“El Papa Francisco tuvo un papel muy oscuro en la dictadura en Argentina, pero es un hábil político, con gran visión de futuro”

Fernando Lozada (Mar de Plata, Argentina, 1973) está considerado como un “referente” del librepensamiento en Latinoamérica. Esta tarde, a partir de las 19 horas, en el salón de actos de la biblioteca Pública Jovellanos, ofrece una conferencia titulada “La clericalización del Estado argentino a través de las dictaduras”, organizada por Asturias Laica y Sociedad Cultural Gijonesa.

¿Qué papel desempeña la religión, la Iglesia, en los regímenes totalitarios?

-Básicamente, legitimar. En Argentina, en cada golpe de estado, la Iglesia aparecía de algún modo vinculada. De hecho, el genocida Videla cenaba una vez al mes con la Conferencia Episcopal. La Iglesia siempre miró para otro lado, fue partícipe activa. Es también una forma de calmar a la sociedad, asegurando que todo eso que está ocurriendo es merced a un plan divino. Por ejemplo, en el golpe del 66, el gobierno militar que se alzó, sale de la Iglesia Metropolitana junto a la cúpula de la Iglesia, ejemplificando su aval.

Hábleme del cardenal Bergoglio, actual Papa Francisco.

-Aparece en la época de la dictadura, como una figura política, militando en la agrupación “Guardia de hierro”, una facción católica del peronismo de derechas. En la dictadura logra ser Provincial de los Jesuitas y tiene un papel muy oscuro, tanto que hasta los propios jesuitas lo castigan 10 años mandándolo a una ciudad alejada de Buenos Aires, siendo un párroco aislado. En los debates por la ley del matrimonio igualitario, Bergoglio llega a decir que es una guerra contra Dios. En Argentina nunca se le vio sonreír, es algo nuevo de todo el aparato mediático que tiene detrás. Hizo muchas cosas que condenamos, pero es un hábil político. Sabía el costo que podía tener una foto o una firma suya. Siempre tuvo una gran visión de futuro, mirando más allá.

¿Se puede ser creyente y laico al mismo tiempo?

-Sí, por supuesto. El caso más claro es México, un país con alto nivel de creyentes y sin embargo es uno de los estados más laicos de Latinoamérica, aun cuando la religiosidad del pueblo es muy alta. Pero tiene muy clara la separación, que una cosa son las creencias particulares y otra cosa es el Estado, que ha de ser independiente y no favorecer ni perjudicar a ningún culto.

¿Los Estados que se autodenominan laicos realmente lo son?

-Es difícil de sostener. En el caso de Francia, por ejemplo, es uno de los estados laicos más emblemáticos, pero sin embargo dedica parte de sus fondos a la educación católica. A Uruguay le pasa también: tiene prohibida la financiación de las escuelas privadas religiosas y sin embargo le buscan la vuelta por otro lado, con beneficios fiscales para las empresas que las financian. O en México, donde el aborto solo está permitido en Distrito Federal porque aún no han logrado vencer al lobby de la Iglesia Católica y extenderlo a todo el territorio. No hay estado que sea totalmente laico, si acaso en los países nórdicos, donde están cada vez más cerca porque la población cada vez es menos creyente.

¿Cuáles son los principales retos del laicismo de cara al futuro?

-Hay muchas luchas permanentes, como la entronización de símbolos religiosos. La Iglesia siempre trata de avanzar primero desde los simbólico, tratando de penetrar culturalmente. Hay países como Polonia en los que se ha retrocedido muchísimo en salud reproductiva gracias a la clericalización que sufrió. O los movimientos evangélicos pentecostales en Brasil, Costa Rica o Venezuela, que apuntan a retroceder en derechos de las mujeres y el colectivo LGTBI, con discursos incluso homofóbicos y racistas. Pero a la vez, en el mundo se está dando un movimiento muy fuerte en cuanto a la lucha en favor de esos derechos.

¿Esos movimientos tienen su réplica en Europa en el ascenso de la extrema derecha en ciertos países?

-Sí, se mezclan. En general reivindican también esos modelos de familia y, en muchos casos, los modelos católicos. En Europa, el neopentecostalismo aún no ha llegado, pero sí los modelos tradicionales más católicos.

¿Qué papel tiene que jugar la sociedad, especialmente la juventud, en estos cambios?

-Es fundamental tejer redes activistas. Hay muchísimas identidades, no desde el punto de vista negativo como el nacionalismo exacerbado, sino identidades que surgen porque sus características son oprimidas o atacadas, lo que hace que se luche desde esa identificación. Pasó con el movimiento LGTBI, en los años 60, en su orgullo por la identidad, que no excluye a quien no forma parte del colectivo, sino que lucha desde ahí para conseguir sus derechos y por la no estigmatización, luchando por la diversidad como un valor. Por ello, deberían unirse. Cada uno tiene su espacio, pero hay causas comunes, como el laicismo, que propicia precisamente la convivencia entre las distintas convicciones y creencias. Si se quiere avanzar en derechos, el laicismo es fundamental como punto de encuentro.

Como el que se encontró en las manifestaciones del 8M en favor de los derechos de las mujeres.

-Efectivamente. Y no hay feminismo posible y no hay reivindicación si no hay laicismo. La mujer ha sido históricamente oprimida por la religión patriarcal, machista, dominante, que promueve un modelo de sumisión. Como la Virgen María, que a los 14 años no pudo decidir si quería ser madre o no, sino que fue obligada por un ente superior a llevar un modo de vida en el que no pudo elegir. La mujer siempre está en rol inferior, de sumisión. De hecho, el Estado Teocrático del Vaticano no tiene ninguna ciudadana. Por eso, sacar del estado al clero, al lobby católico, es absolutamente necesario para el avance del feminismo.

¿La Iglesia tiene cada vez más o menos poder?

-La Iglesia ha perdido poder popular y Bergoglio viene a traer aire fresco a esto. Lo que no ha perdido es poder político. Lo ha incrementado a través de sus negocios financieros. La Iglesia tiene algo muy preciado para los estados, sobre todo para los totalitarios: tiene un observador en cada barrio, en cada pueblo, en cada estrato social. Puede tener un panorama muy amplio de todo lo que sucede en el mundo y eso es un bien muy codiciado, material de negociación. Ese poder de la Iglesia es deseado por muchos y es lo que le permite mantenerse siempre en las altas esferas. Pero es cierto que cada vez tiene menos poder popular, cada vez hay menos creyentes y más no católicos que emigran a otras religiones buscando otro tipo de respuestas.

 

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